El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Al desviarnos un poco de la ranchería, vi que acababan de construir una cabaña nueva, hecha por el sistema, usual en estos pueblos del círculo polar, de emplear como materiales de construcción grandes bloques de hielo. Estos sillares transparentes son sólidos y duran mucho. Y la cabaña de hielo, al principio, es bonitísima. Un templete de cristal. Al través de hielo pasa una luz misteriosa, una claridad dulce, de infinita calma; y si el sol, al ponerse hiere los muros, les arranca reflejos de fuego y pedrería y juega con luces peregrinas, como si todo el edificio ardiese. Algunos esquimales se ocupaban en amueblar la nueva habitación con lujo: tendían cuidadosamente en el suelo pieles de reno, de oso y de perro polar, mulliendo una cama; colocaban sobre un poyo de hierro una jarra de agua de nieve derretida, y una lámpara de las que ellos usan, donde arde un puñado de musgo seco alimentado con aceite de ballena o de foca. ¿Y qué imaginé yo? Como acababa de dejar en una aldeíta, cerca de Moscú, a mi novia, y me acordaba bastante de ella en aquellas soledades, creí que la cabaña era para unos desposados, y sentí envidia, porque, aun en tierra de mujeres tatuadas y que llevan a sus hijos dentro de las botas, siempre es cosa buena el amor…