El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Aquella noche nos convidaron en la rancherÃa a un banquete. Rehusamos polÃticamente, porque sabÃamos que se trataba de devorar cuartos de perro marino y morsa, y de beber aceite congelado; ofrecimos dos o tres botellas de aguardiente, y prometimos ir un momento, como el que dice, a los postres. Aún esto requerÃa valor. Nos brindarÃan algún asqueroso regalo… Grande fue mi sorpresa al ver al anciano Konega presidiendo el festÃn. Estaba tan demacrado que daba miedo, y no comÃa, mientras los demás tenÃan la cara roja de indigestión; les salÃa por los ojos la comilona. Al final le fue presentada a Konega —supremo obsequio— una pipa rellena de tabaco, y el patriarca la apuró con voluptuosidad lenta, tragándose el humo para no perder nada del goce… Su cara expresaba perfecta beatitud.
Al otro dÃa salimos a la expedición, en la cual hicimos una matanza regular de morsas y focas, y regresamos a los dos dÃas, exhaustos de cansancio y habiéndosenos agotado los vÃveres. Para los esquimales habÃa hartura, porque ellos devoran la foca fresca y podrida con igual deleite… Nosotros sentÃamos necesidad, y la cabaña de la factorÃa, un poco más decente que las de ellos, nos pareció un paraÃso.