El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Como nadie podía saber lo que Gazi-Osmán pensaba, y le veían en la minúscula corte de su padre, entregado a las distracciones y al amor, al que era asaz inclinado, a fuer de magnánimo, llamábanle Osmanlick, que quiere decir Osmancillo. Y ocurrió de súbito que, habiéndole conferido el Soldán de Iconio, en el Asia Menor, el tambor y el estandarte, lo cual significaba entregarle el mando de un ejército, además del derecho a acuñar moneda y a que su nombre se pronunciase en las oraciones de las mezquitas, la gente, siempre desdeñosa, dio en decir que se había vuelto loco el Soldán al atribuir a Osmancillo tan alto puesto. Fue preciso que Osmancillo ganase algunas batallas contra griegos y tártaros para que la afectación de desdén se volviese amarilla envidia y propósito secreto de venganza.

Venganza, ¿de qué? Como todos los ambiciosos de alto vuelo, Osmán no molestaba ni dañaba a persona que no le estorbase en el logro de sus designios. Era, al contrario, servicial y afable, y alardeaba de esa fidelidad a la palabra empeñada que distingue a los pueblos arabíes. Después súpose que Osmán creía necesario, al que ha de manejar hombres y razas, pasar siempre por leal, a fin de poder valerse, en caso extremo y crítico, de la traición como arma decisiva. Por entonces, la mano de Gazi-Osmán había cumplido siempre lo que prometía su boca.


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