El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Por las tardes, cuando el ruido armonioso del pico se extinguía, y las cuadrillas de esclavos picapedreros se alejaban para descansar en sus lechos duros, Demodeo y Evimio recorrían la obra, se sentaban a ver cómo el sol, el protocreador Helios, entre una gloria inflamada, purpúrea, descendía a reclinarse en el seno de Anfitrite, derramando melancolía majestuosa sobre las cosas y los lugares, y también en los corazones.

—A pesar de tanta grandeza —murmuraba el opulento—, se diría que Apolo no es feliz; hay tristeza en su manera de recogerse, tristeza en su misma radiación triunfal. También nosotros frecuentemente estamos tristes, ahora que nuestro propósito se realiza y vamos a ver terminado el templo. ¿No te parece a ti ¡oh ilustre!, que Apolo nos estará agradecido? Ningún templo así le erigieron hasta el día. La fama de este portento se ha extendido por el Asia, y gente de los más remotos climas se prepara a visitarlo y a respetar el oráculo del Dios, ahora que tiene morada digna.

—Apolo —respondió el arquitecto— nos está agradecido seguramente, y no me sorprendería que se nos apareciese en su olímpica, augusta forma. A veces, en este bosquecillo de rosales, me ha parecido ver un vago nimbo de claridad, y escuchar unos pasos celestiales, ligeros. Quizá mientras nos parece que se duerme sobre la superficie del Ponto, está aquí, detrás de nosotros, y escucha los votos que formulamos.


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