El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —En ese caso —dijo Evimio—, yo le pido, como recompensa, un bien que sea el mayor, el verdadero, el soberano bien a que el hombre puede aspirar. Semejante bien, Demodeo, no será la riqueza, puesto que yo la poseo desde hace muchos años, y no por eso dejo de sentir esta inquietud, esta especie de interior desconsuelo, este vago terror a no sé qué desconocidos peligros, que me está poniendo el cabello cano y los ojos mortecinos y como velados por el humo de una hoguera.
—Semejante bien —asintió Demodeo— tampoco será la gloria artÃstica, puesto que yo estoy seguro de haberla conquistado con la erección de un monumento que asombra a los presentes y que durará siglos y, sin embargo, lejos de bañarme en las ondas de oro de la alegrÃa, tengo fiebre como si me hubiese dormido al borde de un pantano, y mi pensamiento, semejante a mosca negra que revolotease alrededor del cuerpo de un guerrero muerto de sus heridas, revolotea siempre alrededor de las cosas trágicas y amargas, embriagándose con su zumo. El Dios, cuya presencia siento, sabrá lo que a tÃtulo de recompensa nos debe, y nos dará cumplido, colmado, ese bien que le pedimos.
—Sea como dices —respondió Demodeo, estremeciéndose, porque al desaparecer Apolo, su blanca hermana aparecÃa rasando las olas y un soplo frÃo habÃa acariciado los pétalos de las rosas y la desnudez de las estatuas.