El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Al encontrarse reunidos en la casa donde los soltaron —casa bien provista de ropas, vajillas y víveres—, se miraron con sorpresa, reconociendo que eran de una misma casta, la de los belicosos tecos, adoradores del Colibrí. Desde el primer instante hubo, pues, entre los esclavos confianza, y se llamaron por sus nombres —él, Tayasal; ella, Ichel—. Sin preliminares se concertó la unión. Tayasal se declaraba marido y dueño de Ichel, «la de los pies veloces», y ella le serviría a la mesa y en todo. Dócilmente, Ichel presentó a su esposo los puches de maíz, el zumo del maguey y el agua para purificarse las manos, y a su turno comió después, con buen apetito juvenil.

De la suerte que les esperaba apenas hablaron, haciendo sólo breves alusiones sobreentendidas. El quejarse hubiese sonado a cobardía. No ignoraban la costumbre del poderoso pueblo donde tenían la desgracia de sufrir esclavitud, y ni aún la censuraban, porque las de su patria eran asaz parecidas, y el Colibrí, aún más sanguinario que los dioses del agua, en cuyas aras debía ser sacrificada la joven pareja a la vuelta de un mes. Aprovecharían a solaz, eso sí, los días que restaban; harían vida descuidada y deleitosa, de engordadero y amadero, y llegada la fecha, la sexta veintena, el 7 de junio, se despedirían del mundo bailando incansables hasta que la luna, subiendo por el cielo, señalase la hora de morir.


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