El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Él se quedó mudo. No se le había ocurrido que, en efecto, fugarse era perder la divinidad…

—Ichel —murmuró al cabo, apasionadamente—, ¿no es mejor renunciar a ser dioses un momento; ser hombre y mujer y vivir así, así, unidos como ahora?

—No, no es mejor —declaró ella—. ¿Sabes por qué no nos vigilan? Porque conocen que nadie renuncia de buen grado, neciamente, a ser dios. Si nos evadimos, si ganamos la libertad y una larga existencia, no creas tampoco que estaremos así siempre… Yo envejeceré; tú ganarás con tu brazo otras esclavas mozas, hábiles en tejer lana y moler grano, y entonces maldeciré mi ánima. Un mes hemos sido esposos. Ahora seamos dioses. Sólo hay en la vida una hora en que poder serlo; ¡esa hora es corta y no vuelve nunca! Duérmete, Tayasal, mi colibrí. No pienses en fugas… Duerme.

Y Tayasal se durmió: la de los pies veloces sonreía triunfante. Un orgullo delicioso agitaba su pecho de niña.

Al alba del tercer día, cánticos y gritos despertaron a los dos amantes, que se habían olvidado en absoluto de la muerte. Sobre la linda escultura del cuerpo de Ichel, semejante a esbelto idolillo de oro, y frotado de aromas y copal por los sacerdotes, cayeron las galas y preseas de la diosa del agua. Para colgarle el bezote de cristal de roca hubo que perforar a Ichel el labio. Estoica, no se quejó siquiera. Se sentía divina.


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