El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Sin embargo, según iba aproximándose el día de la apoteosis, Tayasal se entristecía; tenía momentos de profunda preocupación. Ichel, que cantaba jubilosa, mojando las mazorcas para las frescas tortillas de la cena, solía acercarse a él preguntarle dulcemente:

—¿Qué tienes, esposo mío? ¿Sientes morir por una nación que no es la nuestra? ¿Te da miedo la fosa que ya cavan al pie del templo de Tlaloc y que nos servirá de último lecho nupcial?

Él fruncía el ceño sin responder. Una noche —faltaban tres para la del sacrificio—, apretando contra su pecho a Ichel, en medio del silencio y la oscuridad, balbució a su oído:

—No quiero que mueras, ni por esta nación ni por ninguna. ¿Entiendes, Ichel? No quiero que echen pellones de tierra sobre tu boca olorosa. Mi alma se ha pegado a ti como la goma al árbol, y te desea como la caña desea la lluvia. No morirás. Escaparemos mañana mismo, antes de que la luna cruel asome su cara blanca. Conozco el camino; soy esforzado; no nos vigilan. Nos amanecerá en la sierra. Tus pies veloces volarán. ¿Has comprendido? ¿Por qué callas? Contesta, contesta.

Ichel tardó en hacerlo. Por fin pronunció despacio:

—Y si nos escapamos, Tayasal, ¿qué ocasión tendremos nunca de ser dioses?


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