El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos El llanto de las lindas niñas, al llegar a este pasaje, corrió ya suelto por las mejillas frescas, mezclado con la sonrisa de felicitación al que declamaba con tanta alma y tanta maestrÃa. Sólo entonces se resolvió Armando a avanzar, arrebatado de entusiasmo poético: él también llevaba en los párpados la humedad de las emociones bellas, ese efusivo enternecimiento que produce el arte.
Sin explicación alguna se acercó al lector y le elogió calurosamente, estrechándole la mano. Nadie mostró extrañeza al verle. Le señalaron un sillón de caoba tallada y rojo terciopelo de Utrecht, y al explicar que era el recomendado del alcalde de Saint-Didier la Sauve, la mujer de Duplay le alargó la mano.
—Mi marido no está en casa en este momento, ni quizá vuelva hoy, pero conozco su manera de pensar. ¡Nos hallamos tan identificados! Sé bien venido, ciudadano, estás entre amigos. Isabel, mi hija menor, te preparará una habitación arriba, y mientras no encuentres modo de ganar tu pan, te sentarás a nuestra mesa. ¿No te parece, Maximiliano? —añadió la excelente señora, volviéndose hacia el lector.
Este aprobó, inclinando la cabeza con un gesto serio y cortés, lleno de buena voluntad. Armando sintió que el corazón se le dilataba de alegrÃa. Un calor simpático, la hospitalidad, la bondad, le salÃan al encuentro.