El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Gracias, señorita —murmuró dirigiéndose a Isabel, que, al salir para alojarle, le sonreÃa de una manera afable y picaresca. Corrigiéndose al punto, añadió:
—Gracias, ciudadana…
Los presentes rieron la rectificación. Otra de las muchachas encendió las bujÃas de los candelabros; la estancia aparecÃa como en fiesta, saludando al nuevo huésped.
—¡A cenar! —ordenó luego el ama de casa.
Se dirigieron al comedor. Armando, extenuado por la caminata a pie y en diligencia, hambriento con el hambre sana de los veintidós años, encontró deliciosa la colación, sazonada por la franqueza y sencillez de los comensales. La inflada tortilla, el pastel, las frutas, supiéronle a gloria. Habló poco, pero discretamente, y el lector, sentado a la derecha de la esposa de Duplay, sostuvo la conversación interrogándole sobre arte y literatura.
—Pronto —dijo con benignidad— te mostraré las pinturas de Gerard y de Prudhon. Verás cómo el pincel eclipsa a la naturaleza…