El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos No sabiendo qué hacer de sí, y teniendo alma de verdadero aristócrata, sentó plaza. En el ejército del Rin, su valentía le hizo notorio. Se batía con la misma gracia con que bailaba el minué en las Tullerías.
Después de la toma de Worms, el general Custine le nombró su ayudante de órdenes, distinción no pequeña, dada la severidad de aquel héroe, que no estimaba sino el valor tranquilo y frío. Jacobo se sentía atraído hacia Custine; atraído singularmente, como por fuerza de sortilegio. No hubiese querido obedecer a otro caudillo. Comprendía quizá, o lo sentía sin comprenderlo, que al destino del general estaba ligado su destino propio.
Poco tardó Custine, el héroe sereno, en hacerse sospechoso a la Revolución triunfante. Entonces, descollar y ser leal era jugarse la cabeza. A pretexto de un descuido en defender una plaza, Custine fue enjuiciado y sentenciado a morir. Los mismos jueces, el mismo día, condenaron al ayudante a igual pena. Cuando salían del tribunal en carreta para volver a la prisión, antesala del patíbulo, Jacobo pensaba en su suerte, sometida a la de otro. Ningún delito podía imputársele: iba a ser guillotinado por ayudante de Custine solamente.