El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Al par que sintió Laurencio decidida simpatÃa por la capa, se dedicó más que nunca a vagar por desviados y solitarios callejones. En sus correrÃas, le extrañó algo observar que varias noches, dos o tres bultos no menos embozados parecÃan coincidir en su itinerario, y que, si desaparecÃa a veces como por arte de magia, desvaneciéndose tras un soportal o en una rinconada sombrÃa, otra cruzaban a lo lejos, sin que pudiese adivinar ni su edad, ni su condición social, pues la española capa, recatadora de rostros y talles, no es prenda exclusiva de gente acomodada, y el pobre artesano en ella se cobija. No obstante la impavidez del fascinador, los bultos habÃan llegado a inquietarle un poquillo, más por instinto que razonablemente. Laurencio era, como todos los fascinadores, un instintivo. Algo indefinible le escalofriaba.
Sin embargo, al llegar cada anochecer, después de mil revueltas, al pie de la ventana baja de Rosa la Gallinera, insistÃa en la súplica: «¿Cuándo se abrirÃa, en vez de la ventana, la puerta, la que caÃa al campo? ¿Cuándo, en vez de palabritas insulsas, podrÃan entrelazar pláticas Ãntimas y dulces? El tiempo corrÃa, volaba, y cuando menos se pensase, serÃa imposible, por lo que no ignoraba Rosa…, porque regresarÃa el ausente… Y ella reÃa, coqueteaba, se resistÃa… Estas resistencias, sin embargo, tienen término previsto; y una noche…».