El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Nadie anda a oscuras… —murmuró Encina, fosco y bilioso, clavando la quijada en el pecho—. La gente sufre a veces por prudencia…, hasta que un dÃa u otro…
Sobre esta conversación hiciéronse infinitos comentarios. En el aire parecÃa flotar el drama. Algo ruidoso se preparaba, sÃ. La hermosa Gallinera, sola en aquel caserón viejo y enorme, en cuyo patio se recriaban las gallinas, y que tenÃa varias salidas y entradas: unas, al campo; otras, a callejas extraviadas y angostas, por donde no pasaba alma viviente… «Lo que es como a Rosa se le antojase…, sabe Dios, sabe Dios…», repetÃan los fantaseadores con sonrisa picaresca.
OcurrÃa esto en mitad del invierno, con una temperatura rigurosa, caso no muy frecuente en aquella ciudad, donde, si llueve a cántaros, rara vez desciende demasiado el termómetro. Y, por obra del frÃo, las capas treparon a envolver los rostros, igualando las figuras de los transeúntes. La capa, amplia y con embozos de felpa, subida hasta los ojos, que sepulta en sombra el ala del hongo blando, es como un disfraz protector de secretas aventuras. A Laurencio, que poseÃa otros abrigos, se le desarrolló en aquellos dÃas desmedida afición a la capa; pero nadie hizo alto en ello, porque todos los moradores de la ciudad salÃan igualmente rebozados en los pliegues de sus pañosas.