El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos ReÃanse los guasones de los esfuerzos que hacÃa su mujer en las solemnidades para embutirle el corpachón en una levita, y las garras en unos guantes que estallaban y se descosÃan precipitados, y el pescuezo en un cuello alto que le ahorcaba, hasta agolpar la sangre a su cabeza, cual si fuese a sufrir una apoplejÃa. No faltaba, sin embargo, quien defendiese a Paredes. Era mozo muy listo, ¡vaya si lo era! En pocos años habÃase abierto un porvenir, y desde la esfera social más humilde, llegarÃa a la más alta. Al Gallinero le verÃan en coche, en casa de campo, con muchos miles de duros en juego, porque bajo la apariencia zopa, torpona, del tratante, se ocultaba una resolución, una energÃa y una astucia de primer orden.
Y estas apologÃas de Paredes las hacÃan, en especial, Mardura y Encina. Del primero se creÃa que fuese socio en lo de la fábrica.
—Pero ¡si es un bruto Paredes! —decÃanle al librero con retintÃn.
—No sé por qué ha de ser un bruto… Brutos y tontos, los que nunca pasamos de pobres.
«Es bruto cuando no ve lo de su mujer…», iba a contestar el murmurador de Casino; pero, advertido por un guiño expresivo de alguien, se limitó a decir, con diplomática reserva:
—Porque puede que ande a oscuras en lo que más le importe…