El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Cuando Bisma dejó caer el inanimado cuerpo y se incorporó, el círculo abierto a su alrededor no existía. La corriente desbordada de la batalla le arrastraba ya. Ni tiempo tuvo de recoger su maza. No le quedaba más defensa que sus luengos brazos. Le envolvía el oleaje, le arrebataba una fuerza desatada como un elemento. Se sintió perdido, ahogado, acribillado, consumido cual arista por el fuego. De lo alto de las torres llovían flechas. La primera se le clavó en un muslo; después, otra en el cuello; dos en el hombro. Con las manos quiso guarecerse; sus manos fueron atravesadas de parte a parte por finísimas lenguas de áspid, de hierro, y las dejó caer, exhalando un rugido de dolor. Descubierto el rostro, en él se hincaron los dardos, y al penetrar uno en la cavidad del ojo izquierdo, Bisma se desplomó exhalando un quejido lúgubre. Cayeron sobre él innumerables contrarios y le destrozaron a porfía con krises, puñales, lanzas cortas, espadas curvas, garfios, piedras aguzadas, hachas de jade: no quedó sitio de su cuerpo que no recibiese herida: ya ni las sentía. Allí quedó expirante el héroe, conservando todavía algún residuo de aliento vital. Aún se estremecía bajo la garra del dolor su carne, cuando, cerrada la noche y extinguido el furor de la batalla, Kunti, el bramán, se atrevió a recorrer el campo buscando al viejo guerrero, y le encontró, y le conoció por sus brazos largos, y se arrodilló a su lado, acercando a sus labios una calabaza llena de agua fresca.