El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos No podían ser puras invenciones los relatos de hombres sorbidos por la arena, de coches hundidos con sus caballos, de rebaños de doscientas cabezas desaparecidos. Y era lo más aterrador recordar que, según se afirmaba, nadie conoce la profundidad de las arenas. Una bala de cañón lanzada al abismo arrastra toda la cantidad de soga que se le quiera poner, hasta el suelo de la bahía: es tragón, como las fauces de la eternidad. Los buques que en ella se pierden no quedan en el fondo visible; la arena los chupa en un santiamén. No hay sondas que alcancen a explorar ese terrible suelo.
De repente, las risas se trocaron en chillidos de horror. O Hernández había perdido la ruta segura, o, como era más probable, la zona firme cesaba y empezaba el terreno flojo. Ello es que le vimos hundirse, como por escotillón de teatro, suavemente, sin hacer movimiento alguno. Después supimos que, sereno, y sabedor de que toda contorsión precipita el naufragio en las arenas se limitó —al notar la atroz sensación de perder pie— a ejecutar lo único que en tal caso puede ser útil: abrir los brazos, sosteniendo horizontal en ellos la pértiga, y cortar por este medio el remolino que se lo tragaba… Le veíamos perfectamente, y nos veía él, y nos miraba, serio ya, y yo grité desesperadamente:
—¡Un guía! ¡Gente! ¡Un viajero se ahoga en la arena!