El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Las temporadas en que el señorito Raimundo venía al pazo, se despejaba la frente y se animaba la adusta fisonomía de Santiago el Mudo, a pesar de que la tal venida le costaba mil fatigas y sinsabores. El señorito tenía genio violento, altanero y despótico: mostrábase exigente en los detalles del servicio, poniendo refinamientos que no estaban al alcance de un paleto como Santiago; pretendía que le adivinasen el gusto, y acusaba a Santiago de camuseo y torpe, dejándose llevar de la impaciencia hasta pegar a su hermano de leche. Sí, el señorito lo quería todo al estilo de los pueblos grandes donde había vivido y de las suntuosas residencias que tal vez había envidiado; el señorito era como una centella, y si se atufaba había que temblarle; pero su presencia comunicaba vida y movimiento; le acompañaban los perros, caballos, amigos mozos y joviales, que correteaban por los desmantelados salones silbando y riendo, y a la mesa armaban descomunales gazaperas, haciendo salvas con el añejo vino guardado en la venerable «adega». Entre los huéspedes de Raimundo solían contarse jóvenes «morgados»; el pazo se halla muy próximo a la frontera natural que forma el Miño a las dos naciones peninsulares, y el señorito iba con frecuencia a Oporto y a Lisboa, aprovechando la obsequiosa hospitalidad de algún magnate portugués.



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