El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos A los pocos dÃas de la llegada, llamando a Santiago a su aposento, Raimundo le ofreció una razonable suma, significándole que debÃa irse a Buenos Aires, reunirse con sus hermanos y labrarse, cual ellos, un porvenir. Bajo la morena pátina de su tez de labriego, Santiago palideció…; pero no replicó palabra. El instinto de perro fiel que le habÃa guiado para ocultar el atentado del señorito, le decÃa ahora que estorbaba en el pazo, y que la única memoria de la fatal noche era él, el Mudo, el que conservaba en sus pupilas reflejos de la maldita linterna, y en sus manos partÃculas de polvo de la fosa…
A bordo del navÃo que tripulaba emigrantes, ninguno más triste, ninguno más callado, ninguno más hosco que Santiago el Mudo. Hasta que pierde de vista la costa no aparta los ojos de ella: asà que en las nieblas del horizonte se oculta la verde patria, Santiago se sienta sobre un lÃo de cordaje, y alzando las rodillas con los brazos, mete la quijada en el pecho y permanece inmóvil, indiferente al bureo y a los cantares de los que también se van muy lejos, muy lejos, a desconocidos climas…
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Por lo que respecta a Raimundo, se ha casado y veranea en el pazo con su mujer e hijos.