El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Señorito…: puede… venir aquí… cuando guste…, sin aprensión. Ya «no hay nada»… Este año por la Pascua, moví la cuba, y «todo» lo saqué… Tenía encendido el horno… «Lo» metí en él…, que no quedó… señal… ni miaja. Ni Dios, con ser Dios, descubre aquí cosa ninguna. Ni la tierra lo sabe… ¡Venga cuando le parezca…, sin cuidado!
Raimundo respiró hondamente. De su pecho se quitaba algo muy pesado, muy frío, muy hondo; una lápida que le oprimía los pulmones. Ya nunca podría su crimen arrastrale a la afrenta, y quizá al patíbulo. La aprensión de los sentidos que confunden el cuerpo del delito con el delito mismo, contribuía a persuadirle de que, borrada toda aquella huella, estaba absuelto el asesino.
No obstante, aún había en el pazo una sombra, una negra proyección de aquel ignorado drama, algo en el ambiente que ahogaba al señorito y no le permitía saborear la tranquilidad y el reposo…