El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos En cinco años lo menos no volvió Raimundo al pazo. Sin embargo, el tiempo y la impunidad iban calmando sus primeros terrores. Para disculparse, pensaba a solas que aquella mujer le había exaltado y puesto fuera de sí de celos con imprudentes revelaciones, con retos insensatos, con burlas inicuas. Sentía además la singular querencia del asesino por el lugar donde cometió el crimen. Por otra parte, sus intereses le obligaban a no abandonar el pazo enteramente. Se decidió… ¡Cosa rara! Lo único que le repugnaba cuando emprendió el camino, no era ni entrar en aquella casa, ni ver aquella cama de dorado copete, ni beber el vino de aquella bodega…, sino tener delante a Santiago, al cómplice y encubridor, al testigo silencioso, al que «lo sabía» y «lo callaba», y «lo callaría» aunque le sometiesen a prueba de tormento…
Sin embargo, dirigióse al pazo Raimundo, y el leal servidor le recibió con muestras de alegría. Apenas se encontró a solas con su amo Santiago el Mudo, abriéronse sus labios, y en tono humilde, como quien se excusa, murmuró muy bajito: