El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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Raimundo, a las pocas horas, tenía fiebre y delirio. Santiago se apostó a la puerta del cuarto para impedir que entrase nadie, cuidó a su amo lo mejor que supo y veló diez noches el agitado sueño del criminal. Convaleciente, aunque débil y abatidísimo, el señorito pudo disponer su marcha, y al tiempo de separarse de Santiago, su mirada se cruzó con la del Mudo, cuyos ojos decían: «Ve tranquilo».

Por entonces habló la prensa portuguesa de un suceso extraño: la misteriosa desaparición de cierta bella dama, esposa de un personaje, y adorada por él, a pesar de la murmuración, que siempre se ceba en la hermosura, la gracia y el talento. Sabíase que, habiendo salido sola de Lisboa para pasar una semana en la quinta que poseía a orillas del Miño, la gentil vizcondesa, fue por la tarde a pasear sola también como de costumbre, diciendo a los criados que pensaba dormir en otra quinta muy próxima, perteneciente a una anciana parienta. Sin embargo, al transcurrir cuatro o seis días y no saberse de la dama, los criados se alarmaron, y más al convencerse de que tampoco en la quinta próxima la habían visto. Empezó el «tole-tole»: se revolvió cielo y tierra; hasta que se inquirió el paradero de la desaparecida en el Brasil. Tiempo perdido: de la señora no se encontró ni rastro, porque nadie había de ir a buscarla en la bodega del pazo de Quindoiro, sepultada bajo un tonel que contenía muchos moyos de vino añejo.


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