El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Corrieron las horas del espantoso día, y sin abandonar a su amo ni un instante, Santiago le ofreció, a falta de consuelos elocuentes, el de su presencia. Así que oscureció, habiendo despachado a la cocinera con un pretexto, se presentó armado de una linterna, que confió al señorito, mientras él cargaba a hombros el frío cadáver. Y al través de los vastos salones, en cuyas paredes la luz de la linterna proyectaba grotescas y trágicas sombras, bajaron a la cocina y de allí pasaron a la «adega» o bodega. Las magnas cubas de vino añejo presentaban su redondo vientre, y en los rincones sombríos las colgantes telarañas remedaban mortajas rotas. Santiago dejó en el suelo a la muerta y señaló a un tonel de los más chicos, indicando a su amo que era preciso moverlo para cavar debajo la fosa y que no se viese la tierra removida. Y el exánime Raimundo tuvo que empuñar una barra de hierro y ayudar a desplazar el tonel. En seguida Santiago cavó solo la hoya, ancha y profunda, rasando la pared en sus cimientos. Mas para colocar el cuerpo necesitó Raimundo cogerlo por los pies, mientras lo llevaba por los hombros Santiago. Acabada la lúgubre faena, colmada la fosa, repuesto el tonel en su sitio, Santiago vio que su amo se tambaleaba, y comprendiendo que no podía ya sostenerse, le cogió en brazos, le llevó a otra habitación, le echó en la cama, le hizo beber casi a la fuerza una copa de coñac, y le acompañó toda la noche. Al amanecer hizo un atadijo con las prendas que habían pertenecido a la muerta, recogiéndolo todo, sin olvidar ni una horquilla, y, metiéndose en el bosque, quemó pieza por pieza y soterró las cenizas.