El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Ese ruido sordo y profundo como la subida de la marea; ese eco de un acento repetido por centenares de voces, que se llama el rumor público, acusaba ya, designaba ya a los reos. No eran, ni podían ser, sino los acróbatas que la víspera, en la plaza, habían ejecutado sus habilidades y recogido buena cosecha de cuartos. ¡Aquellos pillastres vagabundos, aquellos titiriteros, se llevaban el tesoro de la Virgen! Al anochecer, desbaratado el tabladillo, recogidos y cargados en carros y jaulas los chirimbolos y los dos o tres monos y perros sabios, se les había visto alejarse en dirección a la Mimbralera, diciendo que se proponían trabajar al día siguiente en Guijadilla. Para bergantes así, avezados a toda truhanería, no era difícil acampar en el robledal y, sigilosamente, entre las sombras, asaltar la iglesia, a tales horas solitaria. El sacristán, contrito y trémulo, confesaba que en vez de vigilar había dormido a pierna suelta en su domicilio, una de las mejores celdas del antiguo convento; el cura de la Mimbralera no negaba haber pernoctado en el pueblo, en casa del alcalde, después de una cena copiosa. ¿Quién pensaba en la posibilidad del atroz sacrilegio? Los ladrones, teniendo por delante la noche entera, pudieron despacharse a su gusto. Patentes se veían las señales: la puertecilla lateral de la iglesia se encontraba forzada, abierta de par en par; tres hierros de la verja del camarín, limados y arrancados, dejando boquete para cabida de un cuerpo; y en el propio camarín, sobre el piso de mármoles, huellas de pasos, fragmentos de madera, un serrucho olvidado al borde de la peana, revelaban la forma en que el atentado debió de cometerse. Como decía muy bien Ricardo el Estudiante el hijo de la difunta tía Blasa, que era el que más enardecía a la amotinada muchedumbre, los infames ni aún se cuidaban de esconder los instrumentos del delito. ¡Ellos, ellos eran! ¡No cabía dudarlo!