El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Anda, entra y dile a ese viejo chocho que por hoy se le perdona la cochinada; pero que si mañana viene a la fábrica… que sepa lo que le espera.
A la hora de salida todavÃa el grupo, relevándose y turnando, permanecÃa frente a la puerta; pero la fatiga, el tedio y esa ira reconcentrada que infunden la espera y la calma indiferente de las cosas, la contemplación de paredes, detrás de las cuales está nuestro destino y anhelamos forzar o arrasar, habÃan comunicado expresión más sombrÃa a los rostros, palidez más biliosa a las frentes, a los ojos fulgor más iracundo. Y hubo un clamoreo de indignación cuando vieron salir a Pedro Camino, el único dorador que, adelantándose a la hora de entrada, los habÃa burlado y venÃa a cumplir su tarea. Era un anciano como de setenta años, todavÃa robusto, de barbas blanquÃsimas, cara venerable de santo de retablo de aldea. Con involuntario respeto se contaba de él que no probaba el vino ni el aguardiente. Era de casta labriega, fuerte, sencilla y sobria; no conocÃa más que su obligación, su contrato, su oficio. Y miró hostilmente a los que hacÃan guardia, a los que habÃan roto su puchero, estropeando su almuerzo, amenazado su vida.
—Aquà estamos, Pedro —exclamó el jefe, en tono semiconciliador, semienojado—. Ya le dirÃa Manueliña nuestro acuerdo, ¿eh? Hasta acabar la huelga no trabaja nadie, y a quien trabaje le ha de pesar.