El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos El viejo se cuadró, sin miedo. Cruzóse de brazos, mirando al jefe con fijeza, casi despreciativo, y al cabo, entre el silencio expectante del grupo, profirió:
—Entonces a vuestra casa iré a cobrar el jornal, que lo precisamos yo y mi nieta para la comida.
—¿Y nosotros, no lo precisamos? —saltaron algunos, airados, más que en las palabras, en el ademán.
—Eso hijos, allá vosotros… Seréis ricos, cuando pasáis sin trabajar los meses… Yo soy pobre; pobre nací y pobre he de morir; sólo que, mientras viva, a Manueliña no le faltarán unas patatas, ni un cuarto para dormir, ni toquilla para el cuello. Y no se irá a perder, como otras…
La alusión era sangrienta: referíase a uno de los del grupo, y hería más, por lo mismo que, realmente, el obrero no tenía culpa de la conducta de su mujer, si no se llama culpa al defectillo de la afición a bebidas fermentadas.
—No se ande con bromas, Pedro —insistió el jefe, en tono significativo—. Fíjese en lo que hace y en lo que habla, que a sus años los hombres deben tener mucha prudencia, pero mucha. No provoque a la gente trabajando cuando todos huelgan. Si no mirásemos a la edad se lo diríamos de otro modo; y piénselo bien, y quédese en su casa, porque mañana no se le consiente entrar, ¿lo oye?