El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Mientras el jefe hacÃa estas advertencias, el grupo rumoreaba en marejada de furia. Iban armados de estacas y, no pudiendo desahogar contra nadie más, empezaban a encolerizarse especialmente con el viejo terco.
—No sois nadie —gruñó él— para consentir o no que yo entre. ¿Soy vuestro esclavo, por si acaso? Ahora es cuando os digo que entraré, y si es preciso, pediré ayuda a la autoridad. ¡Pues hombre!
Cuando esto decÃa enérgicamente Pedro, de una calleja próxima desembocó Manueliña. VenÃa color de yeso temblorosa. Y lanzándose hacia el grupo, gritó:
—¡Socorro, vecinos! ¡Matan a mi abuelo!
La verdad era que nadie le habÃa tocado aún al pelo de la ropa. Los huelguistas enseñaban los dientes, sin decidirse a morder; y dijérase que misteriosa valla de veneración a la ancianidad y al derecho de aquel hombre, que no pedÃa sino trabajar para mantener a una niña, los contenÃa, obligándoles a permanecer a cierta distancia, a pesar de las crispaciones de sus puños en torno del garrote, que deseaban blandir. La llegada de Manueliña, al pronto, los distrajo; fue una nota patética, a que sus almas respondÃan. La criatura acudÃa en defensa de su único amparo en el mundo, de su abuelo. En sus ojos habÃa extravÃo de locura. Un huelguista hasta la consoló.
—No hay duda, Manueliña; con tu abuelo nadie se mete…