El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Allí estaba completo el cuadro de la pobre y asendereada compañía: el payaso y director, embadurnado de harina y colorete, mostrando la boca abierta y oscura en la enyesada faz; el hércules, jayán sudoroso, de rizada testa, ancho tórax y bíceps acentuados bajo la malla rosa vivo; la funámbula, más fea que un susto, larga y esqueletada como estampa de la muerte; la saltarina de aros, regordeta, morena, graciosa, hecha un mamarracho con su faldellín de gasa amarilla y su corpiño de lentejuela azul, y, por último, los dos niños gimnastas, hijos del hércules; la chiquilla de doce años, rubia, pálida, de dulces facciones; y el chiquillo, de seis, gordinflón, derramados los rizos de oro en alborotada madeja alrededor de la sofocada carita. Los niños reposaban abrazado, recostado el pequeñín en el pecho de la hermana: ambos vestían la malla color de carne, sobre la cual llevaban túnicas de seda celeste prendidas con rosas de papel; y un aro plateado, ciñendo sus frentes, les daba aspecto de ángeles de gótico retablo.