El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos La turba, detenida un instante, vociferó, aulló, precipitándose al campillo, y entre exclamaciones de sorpresa, voces que pronunciaban injurias y rugidos de alegrÃa bárbara, en un santiamén, los saltimbanquis, mal despiertos, aturdidos aún, incapaces de defenderse, se vieron cogidos, asaltados, rodeados cada cual de una docena de paletos, que blandÃan estacas, esgrimÃan cuchillos, sacudÃan y zarandeaban y hartaban de mojicones a los supuestos reos del robo de la Virgen del Triunfo.
A su vez, corrieron los guardias, comprendiendo que allà podÃa ocurrir algo terrible. Mientras los niños lloraban y chillaban las mujeres, el hércules, sin más arma que sus cerrados puños, juntándolos contra el pecho y despidiendo los brazos como movidos por acerado resorte, se defendÃa. Dos paletos mordÃan ya la tierra, el uno con las costillas hundidas, el otro con la nariz rota, soltando un rÃo de sangre. Eran, sin embargo, muchos contra uno; Ricardo, el Estudiante, lÃvido y feroz, azuzaba contra el saltimbanqui a los lugareños; llovÃan garrotazos. Uno, bien asestado, le cruzó la nuca, haciéndole tambalearse como acogotado buey; otro le alcanzó en la muñeca, partiéndosela casi. A manera de jaurÃa que acosa al jabalà y se le cuelga de las orejas —sin que los guardias, dedicados a proteger al resto de la compañÃa, a los niños y a las mujeres, pudiesen impedirlo— los paletos se estrecharon contra el hércules, que desapareció entre el grupo.