El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Se oyó el fragor de la lucha, el ronco resuello de la víctima; los guardias, echándose el fusil a la cara, se prepararon a hacer fuego a los verdugos; apartáronse éstos, saciada la ira, y se vio en el suelo una masa informe, sangrienta, algo que no tenía de humano sino el sufrimiento que aún revelaban las palpitaciones del pecho y la convulsión de las extremidades.
Los niños, sollozando, se arrojaron sobre el padre moribundo, cubriéndole de besos; y, en aquel mismo punto, el sargento veterano, asiendo del brazo a Ricardo el Estudiante, clamó en formidable voz:
—¡Date preso! Tú, y nadie más que tú, es quien ha robado las alhajas de la Virgen.
Y como el Estudiante protestase y los mozos acudiesen a su defensa, el guardia, extendiendo un dedo acusador, señaló a las greñas de Ricardo, a la inculta y revuelta melena que siempre gastaba. Todas las miradas se fijaron en el sitio indicado por el guardia, y una convicción y un estupor cayeron de plano, súbitamente, sobre todos los espíritus. Entre la cabellera de Ricardo se veían, enredados aún, dos o tres hilos de aljófar, de los que, como telarañas irisadas de rocío matinal, bordaban el manto de Nuestra Señora de la Mimbralera.
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