El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¿Y tú? —redargüí—. Rezando el Rosario, ¿eh?
—¡Yo, en mi domicilio!
—¿Domicilio y todo?
—Sí, hijo; no un palacio… Pero, en fin, allí se cobija uno… La fonda de la Braulia, ¿no sabes?
Sabía perfectamente. Muy cerca de la casa de mi tía Elodia: una infecta posaducha, de última fila. Y en el mismo segundo en que recordaba esta circunstancia, mis ojos distinguieron, colgando de un botón del derrotado chaqué de Laureano, un hilo que resplandecía. Era una larga cana brillante.
Me creerán o no. Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional. Fascinado por el fulgor del hilo argentado sobre el paño sucio y viejo, no hice un movimiento, no solté palabra: callé. A veces pienso qué hubiese sucedido si me ocurre bromear sobre el tema de la cana. Ello es que no dije esta boca es mía. Era como si me hubiesen embrujado. No podía apartar la mirada del blanco cabello.