El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¿Por dónde andarÃas? Buen punto eres tú… Sabe Dios…
A la luz amarillenta, pero fuerte, de las lámparas de petróleo colgadas del techo, me horripiló más, si cabe, la catadura de mi amigo. En medio de la alegrÃa que afectaba, y de adelantarse a confesar que lo del tiro en los sesos era broma, que no estaba tan apurado, yo encontraba en su mirar tétrico y en su boca crispada algo infernal. No sabiendo cómo explicarme su gesto, supuse que, en efecto, le rondaba la impulsión suicida. No obstante, reparé que se habÃa atusado y arreglado un poco. TraÃa las manos relativamente limpias, hecho el lazo de la corbata, alisadas las greñas. Frente a nosotros, un comisionista catalán, buen mozo, barbudo, despachado ya su café, libaba perezosamente copitas de Martel leyendo un diario. Como Laureano alzase la voz, el viajante acabó por fijarse, y hasta por sonreÃrnos picarescamente, asociándose a la insistente broma.
—Pero ¿en qué agujero te colarÃas? ¡Qué ficha! Tres horas no te las has pasado tú azotando calles… A otro con esas… ¿Te crees que somos bobos? Como si uno se fiase de estos que vuelven del campo…
Las súplicas de la precavida Leocadia me zumbaban aún en los oÃdos, y me creà en el deber de afirmar que sÃ, que callejeando y vagando habÃa entretenido el tiempo.