El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Reminiscencias de este estribillo me hicieron adoptar mil precauciones y procurar no ser visto cuando subà la escalera, angosta y temblante. Llamé al estilo convenido, antiguo, y la misma Leocadia me abrió. Por poco deja caer la bujÃa. La arrastré adentro y me informé. Nadie allÃ; la criada era asistenta y dormÃa en su casa. Pero más cuidado que nunca, porque «aquel» habÃa vuelto, suspenso de empleo y sueldo a causa de unos lÃos con la Administración, y gracias a que hoy se encontraba en Marineda, gestionando arreglar su asunto… De todos modos, lo más temprano posible que me retirase y con el mayor sigilo, valdrÃa más. ¡Nuestra Señora de la Soledad, si llegase a oÃdos de él la cosa más pequeña!…
Fiel a la consigna, a las nueve menos cuarto, recatadamente, me deslicé y enhebré por las callejas románticas, en dirección al parador. Al pasar ante la catedral, el reloj dio la hora, con pausa y solemnidad fatÃdicas. Tal vez a la humedad, tal vez al estado de mis nervios se debiese el violento escalofrÃo que me sobrecogió. La perspectiva de la sopa de fideos, espesa y caliente, y el vino recio del parador, me hizo apretar el paso. Llevaba bastantes horas sin comer.
Contra lo que suponÃa, pues Laureano no solÃa ser exacto, me esperaba ya y habÃa pedido su cubierto y encargado la cena. Me acogió con chanzas.