El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Y me separé bruscamente, dándole esquinazo. La vaga aprensión que se habÃa apoderado de mà se disipó luego. A fin de evitar encuentros análogos, subà el embozo de la capa, calé el sombrero y, desviándome de las calles céntricas, me dirigà a casa de una mujer que habÃa sido mi excelente amiga cuando yo estudiaba en Estela Derecho. No podré jurar que hubiese pensado en ella tres veces desde que no la veÃa; pero los lugares conocidos refrescan la memoria y reavivan la sensación, y aquel recoveco del callejón sombrÃo, aquel balcón herrumbroso, con tiestos de geranios «sardineros» me retrotraÃan a la época en que la piadosa Leocadia, con sigilo, me abrÃa la puerta, descorriendo un cerrojo perfectamente aceitado. Porque Leocadia, a quien conocà en una novena, era en todo cauta y felina, y sus frecuentes devociones y su continente modesto la habÃan hecho estimable en su estrecho cÃrculo. Contadas personas sospecharÃan algo de nuestra historia, desenlazada sencillamente por mi ausencia. TenÃa Leocadia marido auténtico, allá en Filipinas, un mal hombre, un perdis, que no siempre enviaba los veinticinco duros mensuales con que se remediaba su mujer. Y ella me repetÃa incesantemente:
—No seas loco. Hay que tener prudencia… La gente es mala… Si le escriben de aquà cualquier chisme…