El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Cruzábamos en aquel instante por la zona de claridad de otro farol, y cual si brotase de las tinieblas, vivamente alumbrada, surgió la cara de Laureano. Gastada y envilecida por los excesos, conservaba, no obstante, sello de inteligencia, porque todos convenÃamos, antaño, en que Laureano «valÃa». En el rápido momento en que pude verle bien noté un cambio que me sorprendió: el paso de un estado que debÃa de ser en él habitual —el cinismo pedigüeño, la comedia del sable—, a una repentina, Ãntima resolución, que endureció siniestramente sus facciones. Dijérase que acababa de ocurrÃrsele algo extraño.
«Éste me atraca», pensé; y, en alto, le propuse que cenásemos, no en el tugurio equÃvoco, semiburdel que él indicaba, sino en el parador. Un recelo, viscoso y repulsivo, como un reptil, trepaba por mi espÃritu conturbándolo. No querÃa estar solo con tal sujeto, aunque me pareciese feo desconvidarle.
—Allà te espero —añad× a las nueve…