El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Dejé en el parador la maletilla, y envuelto en mi capa, porque apretaba el frÃo, me di a vagar por las calles, encontrando en ello especial placer. Bajo los primeros antiguos soportales, tropecé con un compañero de aula, uno de esos a quienes llamamos amigos porque anduvimos con ellos en jaranas y bromas, aunque se diferencien de nosotros en carácter y educación. La misma razón que me hacÃa encontrar divertido un paseo por calles heladas y solitarias, la larga temporada de vida rústica me movió acoger a Laureano Cabrera con expansión realmente amistosa. Le referà el objeto de mi viaje, y le invité a cenar. Hecho ya el convenio, reparé, a la luz de un farol, en el mal aspecto y derrotadas trazas de mi amigo. El vicio habÃa degradado su cuerpo, y la miseria se revelaba en su ropa desechable. ParecÃa un mendigo. Al moverse, exhalaba un olor pronunciado a tabaco frÃo, sudor y urea. Confirmando mi observación, me rogó en frases angustiosas que le prestase cierta suma. La necesitaba, urgentemente, aquella misma noche. Si no la tenÃa, era capaz de pegarse un tiro en los sesos.
—No puedo servirte —respond×. Mi padre me ha dado tan poco…
—¿Por qué no vas a pedÃrselo a doña Elodia? —sugirió repentinamente—. Esa tiene gato.
Recuerdo que contesté tan sólo:
—Me causarÃa vergüenza…