El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos ¿No molestar? Cuidado: que me fijase bien. He aquÃ, según el juez, los hechos. Yo habÃa ido a casa de doña Elodia a eso de las siete. La criada, sorda como una tapia, no querÃa abrir. Yo grité desde la mirilla: «Que soy su sobrino», y entonces la señora se asomó a la antesala y mandó que me dejasen pasar. Entré en la sala y la criada se fue a preparar la cena, pues tenÃa órdenes anteriores, por si yo llegase. Hasta las nueve o más no se sabe lo que pasó. Pronta ya la cena, la fámula entró a avisar, y vio que en la salita no habÃa nadie: todo en tinieblas. Llamó varias veces y nadie respondió. Asustada, encendió luz. La alcoba de la señora estaba cerrada con llave. Entonces, temblando, sólo acertó a encerrarse en su cuarto también. Al amanecer bajó a la calle, consultó a las vecinas; subieron dos o tres a acompañarla, volvió a llamar a gritos… La autoridad, por último, forzó la cerradura. En el suelo yacÃa la vÃctima bajo un colchón. Por una esquina asomaba un pie rÃgido. El armario, forzado y revuelto, mostraba sus entrañas. Dos sillas se habÃan caÃdo…
—Estoy tranquilo —exclamé—. La criada habrá visto la cara de ese hombre.
—Dice que no… Iba embozado, con el sombrero muy calado. No le vio. ¡Y es tan torpe, tan necia, tan apocada! Medio lela está.
—Entonces soy perdido —declaré.