El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —No, señor. EntrarÃa, se harÃa ver y volverÃa a salir. En esa clase de bujÃos no se cierra la puerta. No hay quien se ocupe de salir a abrirla. Él sabÃa que me esperaba la tÃa Elodia. Es listo. Lo arregló con arte. Está en la última miseria. Cuando me encontró, en los Bebedores, me pidió dinero, amenazándome con volarse los sesos si no se lo daba. Ahora todo es claro: lo veo como si estuviese sucediendo delante de mÃ.
—Ello merece pensarse… Sin embargo, no le oculto a usted que su situación es comprometida. Mientras no pueda explicar el empleo de ese tiempo, de seis a nueve…
Las sienes se me helaron. DebÃa de estar blanco, con orejas moradas. Me tropezaba con un juez de los de coartada y tente tieso… ¿Coartada? SerÃa una acción sucia, vil, nombrar a Leocadia —toda mujer tiene su honor correspondiente—, y además, inútil, porque la conozco. No es heroÃna de drama ni de novela y me desmentirÃa por toda mi boca… Y yo lo merecÃa. Yo no era asesino, ni ladrón, pero…
La contrición me apretó el corazón, estrujándolo con su mano de acero. CreÃa sentir que mi sangre rezumaba… Era una gota salada en los lagrimales. Y en el mismo punto, ¡un chispazo!, me acordé del hilo brillante, enredado en el botón del raÃdo chaqué.
—Señor juez…