El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Al pronto, lo repito, Alberto encontró lo más natural… Después —por entera que fuese su infatuación—, sintió atisbos de recelo. ¿No serÃa una encerrona para robarle? Un segundo examen le restituyó al habitual optimismo. Si le citaban para una calle sospechosa, con no ir… La precaución de la devolución del autógrafo indicaba ser realmente una señora la que escribÃa, pues trataba de no dejar pruebas en manos del afortunado mortal.
Alberto cumplió la consigna.
Otra segunda epÃstola fijaba ya el dÃa y la hora, y daba señas de calle y número. Era preciso devolverla como la primera. Se encargaba una puntualidad estricta, y se advertÃa que, llegando exactamente a la hora señalada, encontrarÃa abiertos portón y puerta del piso. Se rogaba que se cerrase al entrar, y acompañaban a las instrucciones protestas y finezas de lo más derretido.
Nada tan fácil como enterarse de quién era la bella citadora, conociendo ya su dirección. Y, en efecto, Alberto, después de restituir puntualmente la epÃstola, dio en rondar la casa, en preguntar con maña en algunas tiendas. Y supo que en el piso entresuelo habitaba una viuda, joven aún, de trapÃo, aficionada a lucir trajes y joyas, pero no tachada en su reputación. Eran excelentes las noticias, y Alberto empezó a fantasear felicidades.