El pozo de la vida y otros cuentos tragicos

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—¡Rediós! —gritó al cabo—. ¡Y tenía usted razón! Y yo sabía, es decir, yo tenía que saber… ¡Tonto de mí! ¿Cómo pude ofuscarme?… ¡Qué cosas! Había, había un amigo, un ingeniero belga, que le daba dinero para experiencias… ¡Un barbirrojo, más antipático que los judíos de la Pasión! ¡Y hasta judío creo que era! ¡Seré yo estúpido! ¡No haber comprendido! ¡No haber sospechado! ¡El bandido del extranjero fue, y para robarle el fruto de sus vigilias! ¡Dejó los papeles inútiles y cargó con los que valían, y sabe Dios, a estas horas, quién se está dando por ahí tono y ganando millones con el descubrimiento del infeliz! ¡Y a mí la cosa me pasó por las mientes; pero… no me detuve ni a meditarla, porque… no se veía por dónde hubiese podido entrar el asesino!

—¡Bah! Esa es la infancia del arte —contesté—. Entró con una llave falsa, que había preparado, o con el propio llavín de su víctima; estuvo en el cuarto de ésta hasta tarde, hizo su asunto, se escondió y de madrugada se marchó.

—¡Así tuvo que ser! ¡Bárbaros, que no lo comprendimos! ¡Requetebárbaros!

—No se apure usted… Quizá estamos soñando una novela.

—No, no; si ahora lo veo más claro que el sol… Soy capaz de perseguir al asesino…

—¿Cuántos años hace de eso?


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