El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —A ver, Donato, haz memoria —murmuró el registrador, rascándose la sien—. Ello era cosa de muchas matemáticas y mucha fÃsica… ¡Ya, ya recuerdo! ¡Pues si el muchacho aseguraba que, cuando consiguiese lo que buscaba, serÃa riquÃsimo, y su nombre, glorioso en toda Europa! Creo que se trataba de algo relacionado con la navegación acrea. Advierto a usted que murió como vivÃa, porque fue el hombre más reconcentrado y enemigo de enterar a nadie de sus proyectos.
—¿TendrÃa muchos papeles, cuadernos, notas de su trabajo?
—¡Ya lo creo! A montones.
—¿Dónde los guardaba?
—¡En la cómoda! Y su ropa andaba tirada por las sillas y revuelta.
—¿Aparecieron esos papeles después del crimen?
—Se me figura que sÃ. Pero confirmaron lo que creÃamos: que el pobre no estaba en sus cabales. Eran apuntes sin ilación, y algunos, borradores que nadie entendÃa.
—¿TenÃa algún amigo Clemente, enterado de sus esperanzas? ¿Alguien que conociese su secreto?
La cara del registrador sufrió un cambio análogo al de las nubes. Primero se enrojeció; palideció después; los ojos se abrieron, atónitos; la boca también adquirió la forma de un cero.