El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Quisiera, al menos —murmuró débilmente—, que tu ciencia rasgase el velo del peligro que me amarga. Se me figura que, conociéndolo, sin temor alguno lo arrostraré. Lo que hace sufrir es lo ignorado. Dame luz, y acepto cuanto venga.
El asceta calló un momento. Sus ojos, de una fijeza extática, buscaron a lo lejos la revelación. Una chispa brilló en ellos, como estrella que cayese en un pozo.
—PrÃncipe —dijo al fin—, el peligro que te amenaza consiste en que una hembra se acuerda sin cesar de ti; no te olvida un minuto. ¡Ay del hombre cuando la hembra lo recuerda, sea con amor o con aborrecimiento, que viene a ser lo mismo!
—¿Una hembra? —preguntó, sorprendido, Yudistira—. A ninguna he amado profundamente, y, por lo mismo, no creo haber hecho daño a ninguna.
—Haz memoria —advirtió el penitente— de que una te clavó en el brazo su zarpa y sus dientes en el hombro, mientras su ruda lengua bebÃa tu sangre con delicia…
—¡Ah! —respondió el prÃncipe—. ¿Hablabas de la tigresa que me hirió en una cacerÃa, dos años hace? Mis gentes la mataron.