El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¿Ahora me sales con esas? —articuló, mascando un terno—. ¿No vale lo tratado? Entonces se hará otra cosa mejor, que nos aprovechará a nosotros, aunque no le sirva de ná a nuestro nene… La ocasión es que ni encargá. Solos estamos y ahà guardan los amos sus alhajas y de fijo que monises… ¡Caya! ¡La órdiga! ¡Abierto se lo han dejao y colgás las yaves!
Un movimiento de feroz codicia impulsaba ya a Miguel hacia el mueblecito de boule moderno, incrustado y recargado de bronces de artÃstica cinceladura; ya hacÃa descender la tapa, descubriendo el interior, lleno de cajoncitos, cuando la mujer le paró la acción.
—¡Eso no!… ¡Maldita sea! Si tal barbaridá cometes, ¡como soy Ginesa, que grito y llamo y nos perdemos pa toa la vÃa!… Malo será lo otro, pero es en bien de nuestro nenito… Esto serÃa robar, y yo no nacà pa ladrona, ¿te enteras? Aunque estuviesen ay los tesoros de San Creso, seguros estaban por mÃ, ¿lo oyes?
Miguel habÃa retrocedido, lÃvido.
—¡Caya, loca, no escandalices, que va a venir gente!… Y despacha, ¿entiendes?, y avÃvate, que son las once, y si a tus amos les da la manÃa de volver temprano… ¡Me caso en…! ¡Si se recuerdan que han dejao puestas las yaves!… ¡Me…!
—¡Quiera Dios y la Virgen la Paloma no sea hoy cuando nos hundamos, Miguel!…