El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Emprendió la otra tarea: la de desnudar a su rorro. Cada prenda que le quitaba, tibia del calor del corpezuelo, se la ponÃa al hijo de los señores. Embriagada ya en la temeraria acción, repetÃa mofándose:
—Toma…, toma… Toma ropa de pobres, a ver si te gusta…
El niño, satisfecho con la mamadura reciente, entornando sus ojitos, se adormecÃa… Lo soltó Ginesa sobre el mantón astroso, y vistió al otro con las prendas delicadas, que marcaba una coronita minúscula de marqués. La voz del marido, ronca por un terror que iba graduándose, insistÃa:
—Pero ¿acabas u no, mardita? ¡Qué güelvan y nos piyen en la faena!…
Terminó el trueque, Miguel se acercó y contempló a su hijo, yacente en la elegante cuna. Se dilató su rostro de vanidad, de malignidad, de pasión satisfecha. Y, bajándose, riendo, le colocó un gran beso, a bulto.
—¡Adiós, marqués! —murmuró, irónico—. Pué que argunos haya por el mundo como tú…
—Por muchos años sea —exclamó Ginesa, vehemente.
—¡Menuda vÃa se dará el tunantón! —añadió, a guisa de comentario, Miguel.
Y recogiendo de la meridiana el bulto, cargó con él de nuevo, rezongando: