El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¡Tú, ala pa mi casa!… A ver si te paece mejor que esta.
Ginesa, ya sin miedo ni escrúpulo alguno, le echó la capa sobre los hombros y le embozó en ella, empujándole, a fin de que no se demorase ni un segundo más… Habían salido bien del lance; no lo enredase el diablo…
Y sería el diablo o quien fuese, pero al punto mismo en que Miguel transponía el umbral, cara a cara se halló con el señor marqués en persona.
—¿Qué es esto? ¿Quién va? ¡Alto!… ¡Quieto!… ¡A desembozarse!…
Dos puños de hierro, de fuerte sportman, sujetaban, zarandeaban al presunto ladrón…
—¡Ginesa! ¡Ama Ginesa! ¿Quién es este hombre?
Y serena, sin perder la presencia de espíritu, Ginesa avanzó, se arrodilló, gimoteando:
—Señor marqués… Perdón… No es nadie, señor; es mi marío… Señorito, no goverá a suceer… Quince días que no veía a mi nene, y me lo ha traío pa que le diese un beso… Muy mal hecho fue; pero, señorito, una es madre…
—¿No le habrá dado usted de mamar? Ya sabe que hemos convenido…
—¡Ca! No, señor… Ya sé que eso es «otra cosa»… Pero una miradiya…