El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Estas no son horas —reprendió, severamente, el marqués— de venir ni de traer al chico… Se solicita permiso, se viene por la tarde…
—Asà se hará, señor —respondió Miguel, que agasajaba al niño contra su pecho cariñosamente—. No tenga cuidao. Y, con su licencia, me llevo al pequeño, que la noche está muy frÃa.
—Lléveselo cuanto antes… ¡Me gusta la ocurrencia! ¡Y ese portero! Ya me oirán… ¡Ea! Andando…
Cuando se alejó el marido del ama, apretando bajo la capa a la criatura, el marqués se volvió hacia Ginesa:
—Dé usted gracias a Dios que he venido solo. Si me acompaña la señora, mañana busca otra ama.
Y tendrÃa razón de sobra. Y es lo que merecÃan ustedes. ¡Pues hombre!
Ginesa se echó a llorar, con un dolor que no podÃa ser más verdadero. ¡Ahora que tenÃa allà al nene suyo! ¡Irse! ¡No verle! ¡No criarle!
—Bueno; no se apure, no se le ponga mala leche; por esta vez, pase; que no se repita… Diga usted… ¿Ha estado usted siempre aqu�
—Sin moverme. ¿Lo ice el señorito por las yaves, que se quedaron puestas? Ya sabe que aunque hubiese ahà miyones…
—Ya sé, Ginesa, que es usted fiel… Sus amos antiguos respondieron por usted…