El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Los dÃas desfilaron. El enfermo los contaba por los granos del rosario de gordas cuentas que, a fuer de devoto creyente musulmán, llevaba colgado de la cintura. Porque eran iguales todos los dÃas. Los mismos amaneceres deslumbrantes de sol en un cielo acerado; los mismos mediodÃas cegadores, crudamente magnÃficos, con lampos de brasa y rayos de sol sin velo, refractados por la amarillenta llanura; las mismas encendidas tardes, caliginosas, espirando abrasadores soplos de terral, entrecortadas por rugidos y aullidos lejanos de fieras; las mismas noches de esplendidez implacable, en que el firmamento sombrÃo y puro se adornaba con sus astros y constelaciones más refulgentes, sin que ni una ráfaga de aire descendiese de la bóveda de bronce, empavonada de azul, ocelada de estrellas vivÃsimas, lucientes y duras como la mirada altiva del poderoso.
Y el enfermo, sin poderlo evitar, bebÃa, bebÃa… Y el agua era a cada trago más repugnante. Dijérase que las manos de los genios enemigos del hombre desleÃan en el pozo bolsas de hiel, puñados de sal, esencia de dolor. Llegó un momento en que las fuerzas del camellero se agotaron; en que la sola vista del agua le produjo escalofrÃos, y al pie del pozo se tendió en el agostado suelo resuelto a dejarse perecer, resignado y ansioso del fin.