Ifigenia

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Y fue que anoche, cuando ya vestida con mi traje de tafetán me iba a la comida, comparecí primero ante la presencia de Abuelita. Ella me vio y sonrió, con esa sonrisa suya que como la sonrisa de Gioconda, encierra un misterio en su expresión que conozco muy bien… ¡sí… ese misterio es el de una inmensa vanidad maternal que me halaga y me satisface muchísimo, porque es tan muda y tan elocuente como el elogio de los espejos… Pues bien, al verme venir Abuelita, acercó inmediatamente a sus ojos los impertinentes de carey y dijo acentuando más que nunca dicha misteriosa sonrisa:

—¡Tanto vestirte, y tanto componerte para ir a comer sola con Mercedes! ¡Qué presunciones, Señor!

Y yo mientras, pensaba: «Abuelita me encuentra preciosa, pero no me lo dice para no envanecerme más de lo que estoy»; sentí a un mismo tiempo en vista de su credulidad y candidez, el agudísimo y punzante aguijón del remordimiento. Tan grande fue, que tuve verdaderas tentaciones de exclamar rebosante de contrición:

—¡No creas lo que te dije, Abuelita linda! Aunque me llames «hija sin corazón» sabe que voy a comer con Mercedes, acompañada de un ejército de personas si es que ella ha tenido a bien el invitarlas.

Pero como la mentira no admite en sus filas a los prófugos ni a los pusilánimes, no tuve más remedio que decir interiormente como los soldados heroicos: «¡Adelante, siempre adelante!», y respondí:


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