Ifigenia
Ifigenia Sé perfectamente bien que estas ideas son para escritas y no para dichas. Si acertara a enunciarlas delante de Abuelita, por ejemplo, ella se pondrÃa inmediatamente las dos manos abiertas sobre los oÃdos y me cortarÃa la palabra diciendo:
—¡Jesús! ¡Qué de necedades! ¡Qué de disparates! ¡Qué ideas tan inmorales!
Y es que Abuelita, al igual que la mayorÃa de las personas, tiene a la pobre moral amarrada entre cadenas, y condenada a una especie de demodé espantoso. Yo no. Yo creo que la moral podrÃa cambiar de vez en cuando lo mismo que cambian las mangas, los sombreros y el largo de los vestidos. ¿Pero siempre, siempre, una misma cosa? ¡Oh! no, no, eso es horriblemente monótono, y es una prueba palpable de lo que yo he dicho siempre: «¡La humanidad carece de imaginación!».
Sin embargo, debo hacer constar que a pesar de mis teorÃas, sobre esta tesis de la mentira, en la práctica, mi rutinario sentido moral no se encuentra todavÃa completamente de acuerdo con ellas. Lo sentà ayer en el punzante aguijón del remordimiento, que es, a mi ver, el alerta centinela que vigila las puertas de dicho sentido moral y acostumbra a anunciarnos sus conquistas o decadencias.