Ifigenia

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En realidad no hubo ejércitos ni muchedumbres en la comida de anoche. Había sido dispuesta en honor mío, y en consideraciones a mi duelo, a más de tío Pancho, Mercedes y su marido, sólo se encontraba en ella, como lo había previsto ya, el tan anunciado Gabriel Olmedo. A decir verdad creo que tío Pancho exageró muchísimo cuando le describió, tanto, que anoche, al verle entrar en el salón de Mercedes, tuve una verdadera decepción, si es que la palabra «decepción» puede usarse al hablar de aquellas personas hacia quienes sentimos desbordarse nuestra indiferencia. En primer lugar tiene los ojos y el pelo negros como carbón, cosa esta que me produce un efecto detestable; además sus piernas son demasiado largas para el busto, usa unos zapatos de forma muy corta, y, según recuerdo ahora, tiene los tobillos más bien gruesos que delgados. Sin embargo, viéndolo despacio no resulta mal para aquellas personas que encuentran agradable el color trigueño, pero como a mí no me gusta ver el pelo negro azabache, sino en el lomo de los gatos, y que en las personas me crispa y me desagrada muchísimo, Gabriel Olmedo, con su lisa y perfumada cabeza color «ala de cuervo» me impresionó anoche bastante mal. Moralmente lo hallé muy pretencioso. Creo que Mercedes debe haberle comunicado ya «aquel proyecto», porque él, aunque amable y correcto en apariencia, tomaba a ratos actitudes de rey coronado y adherido a la soltería, a quien su gobierno anda buscándole novia.


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