Ifigenia

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La casa de Mercedes, es muy elegante, y su mesa, tan suntuosa y rica como la de un palacio. Los más finos objetos de plata, alternan por todos lados con porcelanas de Sajonia y de Sévres; tiene en las paredes espejos, tapices, y cuadros de muchísimo gusto, y las plantas surgen alegremente por toda la casa, en legítimos jarrones de la China. Pero tiene sobre todo un boudoir oriental que es un encanto… ¡Ah, la maravilla de aquel diván bajito, cuadrado e inmenso, poblado de cojines oscuros de todas formas y matices; suaves, mullidos y tibios como un beso! ¡Cuánto no daría yo por tener uno igual, a fin de hundirme y desaparecer en él durante días enteros, leyendo torres, montañas, y cordilleras de libros, entre un pebetero turco, una piel de leopardo, y un arca de marfil tallada en el Japón!

—¡Todo esto son los restos del naufragio!

Dijo Mercedes al enseñarme la casa, iluminando «el naufragio» con una sonrisa y aludiendo a los tiempos en que vivía en París, en un precioso hotel propio, rica y bien relacionada como una princesa. Y es que, debido a los despilfarros y desaciertos de su marido, han perdido, los dos, casi toda su fortuna, y a eso llaman ellos: el naufragio.


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